Anda el
escalofrío de la luna
perfilando
cumbreras,
espinillos,
largos
silbos salvajes hacia el este,
canoas
amarradas.
Gira su
escarcha
ciega
por
el cielo
mutilando
los cauces de la tarde
en esta
soledad deshilachada
donde aún
vagan las voces del rocío
entre
redes sutiles que parieron
con su
vientre hilandero las arañas
y es el
silencio un almuecín de sombras
desnudando
plegarias.
Anda un
viento espinoso
desciñendo
la verde
cabellera de los pastos
y
torbellinos de alas agoreras
y zumbidos
hambrientos de hembras flacas
y ladridos
dispersos
y senderos
violentando
la piel de la distancia
y lenguas
inminentes
sediciosas
lamiendo
las raicillas
-casi dedos,
casi
hebras quejumbrosas
casi nada-
custodiando
los sueños orilleros
que
espuman la nostalgia.
Y anda,
también,
el hombre de las islas,
de manos
combatientes,
de ojos
anchos,
hollando
la memoria de la arena
habitando
el paisaje.
Masticando
muñones de palabras
con un
cansancio viejo,
con
solsticios
encendiendo
el sudor sobre su espalda
y despojos
crujientes
abatidos
por la furia del rayo
y esa
paciencia vegetal,
intacta,
que habrá
de sucumbir,
hecha ceniza,
en la
profundidad de las fogatas.
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